lunes, 20 de enero de 2014

MÁS ALLÁ DE LAS APARIENCIAS: SOBRE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA



   Sabido es por todos que la nueva ley de educación LOMCE, la denominada Ley Wert, pondrá en nuestros corazones el luto a las Humanidades, que parecen ir perdiendo importancia según el neoliberalismo se siente más neo y libre que nunca. No he querido escribir ni opinar normalmente sobre este tema, porque me parece que va más allá de cuatro aspectos superfluos que la gente se empeña en destacar. El debate debe ir más allá de la religión o la relegación de la filosofía a ser meramente optativa.
    Veamos qué es lo que proporciona el sistema educativo español desde sus raíces, no desde la superficialidad de dar mayor importancia a unas asignaturas o a otras. En primer lugar, cabría destacar el papel del estudiante durante toda su vida académica, pues ¿acaso aprende verdaderamente algo? Cierto es que aprendemos a leer y escribir y a pensar de manera abstracta, quizás por nuestra condición de ser humanos más que por un exitoso sistema educativo, pero, más allá de esta imprescindible base, ¿qué es lo que golpea a la educación dejándola castigada en una esquina?
   Aproximadamente, desde segundo de primaria, comienza a haber una relación entre el estudio y la memorización. Mientras que anteriormente se estimulaba el juego como vehículo de aprendizaje y se hacían frecuentes las actividades artísticas, ya sea en iniciación al dibujo o estimulando el tiempo libre, a partir de ese momento comienzan los temidos exámenes. Sin embargo, los exámenes no ponen de relieve nuestro conocimiento, sino nuestra memoria. Nos inician a la ansiedad previa a una prueba de la que depende nuestro devenir. Una ansiedad que poco a poco iremos introduciendo en nuestro ser y a la que nos iremos acostumbrando según pasan los años, según tenemos que ir memorizando más y más datos de múltiples asignaturas que paulatinamente van dividiéndose en otras tantas.
   Veamos un ejemplo: si yo puedo memorizar cinco páginas al día, combatiendo mi ansiedad por el acercamiento de las fechas que cuestionarán mi saber, al cabo de diez días puedo memorizar cincuenta páginas. Estoy hablando de memorizar citando, no de entender y reflexionar. Así, diez días después del inicio de mi estudio podré recitarle un ensayo científico sobre genética humana sin entender absolutamente nada. Ciertamente, ¿he aprendido algo? No lo creo. Por otra parte, si yo, un humilde estudiante de veinte años formado en este sistema educativo, es capaz de pensar en este ejemplo (muy común en la vida del estudiante, memorizar y no entender), cualquiera puede hacerlo, pues cualquiera ha sido sometido a exámenes durante su vida. Por tanto, cabría analizar por qué quieren que nos acostumbremos a esta ansiedad tan molesta.
   Si repasamos los objetivos que debe tener cualquier adulto de clase media (cada vez más baja) en la sociedad serán los siguientes: tener un techo donde vivir, tener un trabajo que le permita tener dinero para tener ese techo, tener dinero para comer de manera equilibrada, estar equilibrado para poder tener trabajo, etcétera. Por lo que vemos, las motivaciones principales de un adulto serán más basadas en la supervivencia que en añorar bienes materiales. Éstos últimos cumplen una función placebo que parece haber sido ideada por el ser humano más maquiavélico de la historia. Mientras el adulto medio intenta resistir una ansiedad que le acompañará hasta su jubilación, si es que la tiene, necesita de un anestésico que le haga evadirse de la ansiedad que le produce estar en una vida sumida en un examen constante por mantener el trabajo, la casa, el equilibrio emocional y en muchas ocasiones una familia. Así, cualquier persona, frustrada con la vida y habiendo aprendido a resistir la ansiedad, irá consumiendo tonterías materiales y televisivas, y se irá contentando con tener un coche nuevo, un móvil nuevo o una casa nueva. El problema es que este ser desligado de cualquier humanidad, ya vive al límite como para que le digan que no va a tener ningún anestésico nuevo nunca jamás, que es lo que proporciona en esencia esta crisis. De repente, el ser deshumanizado no va a poder nunca más tener un trabajo fijo y ciertos bienes que enmascaren la resignación por su subyugación al sistema más parecido al esclavista de la historia.
   Ahora bien, ningún éxito va a tener un sistema educativo basado en la ansiedad por memorización, por muy preparados que nos deje el acostumbrarnos a esa sensación que nos acompañará casi toda nuestra vida. Si es que verdaderamente tuvieran un interés por educar mejor a los jóvenes, habrían reparado hace mucho tiempo en esta relación desgraciada que no permite formar una buena base para el futuro y que produce tanto fracaso escolar. Lo cierto es que como no quieren gente formada sino una subordinación absoluta, ya se aseguran de quitar hasta las asignaturas que puedan despertar a algún joven confuso del sueño dogmático del capitalismo. En España somos así de rudos, pues, mientras en otros países como Inglaterra dejan un poco más libre la educación de modo que esa libertad se asocie con la idea de que por lo menos el ámbito educativo no oprime, aquí prefieren nuestros gobernantes dar una vuelta de tuerca de más, así den de sí el engranaje. Y ese engranaje está a punto de darse de sí, porque gracias a algún Dios distraído, nuestros gobernantes son tan idiotas que ni siquiera saben jugar bien con la manipulación. ¡Menos mal! Pues en su mal intento por controlarnos, están las verdaderas raíces del cambio.
   Así, prefiero llamar a los jóvenes como yo, a que discutamos sobre cómo debe ser un sistema educativo desde los más elementales supuestos y las más obvias estructuras, y la lucha no se convierta en resistir vagamente que la religión cristiana tome más importancia o que la Selectividad cambie su temario. Hay que ver más allá del humo que quieren que veamos, más allá de todo él, podremos encontrar una solución, un verdadero cambio.

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