jueves, 11 de mayo de 2017

El problema de la anarquía es el anarquismo





"Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones; y ese mundo está creciendo en este instante." Se dice que Buenaventura Durruti debió decir algo así en algún momento. Aunque más que por el decir, Durruti será recordado por el hacer, ya que en su circunstancia el anarquismo crecía en un ámbito eminentemente práctico más que teórico. Quizás no existía un proyecto en el horizonte bien definido, si bien bastaba con promover una libertad del individuo como idea universal. Existían maestros, por decirlo de alguna manera, que orientaban desde los libros con ideas que se propagaban de una manera más lenta y sutil de la que ocurre en nuestros tiempos. No hablaremos aquí de la dificultad de conciliar ese individualismo libertario y el colectivismo de una supuesta sociedad anarquista, sino más bien del endiosamiento de su pasado y sus principales artífices, de donde todavía no hemos sabido salir.
 
Porque el problema de la anarquía, no es darse de bruces con el problema del poder, si consideramos que quien opta por esta opción reconoce su libertad también en el otro, sino más bien viene a ser el propio anarquismo, como movimiento que aglutina la historia y los logros de sí mismo. Con frecuencia, y sin maldad, solemos subir al púlpito de la palabra a todos aquellos maestros en ideas, citándolos como haríamos con nuestros padres, como auténticos gurús de la sociedad actual que venían avisando, casi zapatilla en mano, de que la sociedad capitalista derivaría en lo que es hoy día si no lo evitábamos. Citamos a individuos que todavía hoy nos son útiles en algunos análisis y razonamientos, pero que, por lo general, están ya agotados en sus advertencias. Y su caducidad no nos debería dar lástima, si es que tuviéramos un análisis que no partiera de ellos mismos, pero esto a día de hoy no ocurre. Seguimos bajo las faldas de nuestras madres intelectuales, alzándonos con el poder de la razón, que no nos lo quitan ya por cansinos más que por razonables, mientras el mundo sigue siendo un ente complejo que analizar. En esas faldas, no existe un mundo nuevo en nuestros corazones, sino una ceguera que sólo quiere recordar que en algún momento lo hubo.

Tanto que criticamos a las religiones y sus dogmas, cuando nosotros no podemos ser más dogmáticos con nuestra historia y nuestros líderes. Sí, líderes. Porque lo que hacemos es santificar a Bakunin y a otros tantos, y perdernos en discusiones sobre citas de unos y otros que no nos llevan a ningún lado. No nos hemos emancipado del siglo XIX. No nos hemos liberado de nosotros mismos. Porque al final, hemos construido un “nosotros” basado en una historia que nos queda ya bastante lejana como para serle justa y que no adquiera el cariz de leyenda. Y entonces, lo que compartimos de anarquía acaba siendo el anarquismo, ese anecdotario que cree tener hasta patrimonio histórico. No hacemos vida conjunta, ni compartimos un verdadero destino (sin necesidad de ser mesiánico). Nos hemos limitado a vivir nuestras vidas desligadas de cualquier tipo de proyecto, afirmando para el exterior bien alto que somos anarquistas. Aunque, por lo general, hemos caído en el propio capitalismo cultural, negando que lo hemos hecho, negando que es casi inevitable no caer. Hasta hemos acabado en el paroxismo, poniéndonos de acuerdo para establecer un anarquismo moral para los demás, como un detector de infieles que salen del rebaño, esperando a señalar al sospechoso de no ser de nuestra tribu.

Lo cierto es que no sería preocupante este suceso si hubiéramos cuidado un poco el ámbito práctico de la anarquía. Quizá y solo quizá, hubiéramos evitado la manipulación del propio concepto, la banalización del mismo en una estética determinada, su reducción absurda a lo antisistema o la absorción cultural se ha hecho de algunas ideas que en origen eran propias de la anarquía. Pero lo cierto es que no lo hemos evitado. Toda esa gran historia de la que presumimos vivía sobre la duda de que la anarquía contenía sus propias contradicciones, cuyas soluciones y su respectiva efectividad se comprobaban en el hacer. Hoy en día, aquellos que se dicen anarquistas tienen la sensación de haberlo hecho todo, menos teorizar. Hoy en día todo lo que nos une está encajonado en un pasado supuestamente ideal, en la patria de la oportunidad perdida. Y ahí a patriotas, no nos gana nadie.

No es que un chaval de 23 años venga a aleccionar a perros viejos sobre cómo deben ser, Dios (o Kropotkin) me libre de ello. Sino más bien a expresar que la anarquía es una opción vital que tomar y no un proyecto de sociedad. Porque no hay una tarea a medio hacer para quienes vienen empujando en la rueda del tiempo, sino que no hay tarea, no hay esperanza. Si acaso, un empeño común por la libertad.

lunes, 20 de febrero de 2017

Elogio de la espontaneidad.





Miro la hora en el móvil. Guardo el móvil. Se me ha olvidado la hora qué es. Miro el móvil. Por fin sé qué hora es. Pero, ¿necesito saber qué hora es? Forma extraña de situarse en el tiempo si verdaderamente mi primera intención no era situarme en el tiempo, sino más bien una ojeada de puro hábito repetitivo y rutinario. Una vuelta al universo que se abre en la mano con mi móvil, lejano al universo que hay ante mí.
Iba en el metro observando como todo el mundo observaba su teléfono, excepto a mí que me gusta pensar (cosa rara) y otro señor a mi lado que no parecía tener un techo para vivir. Un par de veces cruzamos miradas ya que creo que entendimos el uno en el otro que los únicos que estábamos allí éramos él y yo. En ese entendimiento acabamos hablando de banalidades, de adónde iba él y adónde iba yo. Qué caminos vitales nos habían llevado allí a las 10:05 de la mañana un 20 de febrero de 2017.
No soy un hombre de apuestas pero para cuando él se apeó volví ante la imagen de varias filas de asientos donde había humanos conectados a un teléfono y no el teléfono conectado a un uso humano. El móvil era extensivo a sí mismos. Una prolongación del brazo, un órgano más continente de música, amigos, agenda, fotografías y esfera pública. “Me gusta”, “Comentar” y “Compartir”. “Follow”, “Unfollow” y “Subscribir”. Click. Tap. Deslizar hacia abajo. Una y otra vez. Sin pausa. Tan sin pausa que a alguno se le pasará la parada, aunque seguramente allá donde vaya, hará (si se lo permiten) lo mismo que hace ahí sentado de camino a no sé donde. Sumergidos en el mundo virtual, tan grande y extenso que abarca todos los países y todas las informaciones, se perdían la historia de un hombre sin hogar, que aunque estuvo ante todos ellos, quizás sólo estuvo ante mí.
Como decía, no soy un hombre de apuestas, pero apuesto mi móvil a que ninguno de los que allí había se acuerda a las 18:00 de qué les gustó, qué conocieron o qué vieron durante los 30 minutos que duró su trayecto. Por suerte para ellos no he podido realizar la apuesta en vivo, pero extiendo esa apuesta a todo aquel que se sorprenda a sí mismo demasiado metido en sí mismo a través de la ventana más poderosa que hay respecto al mundo.
Por suerte llegué a la reunión que tenía esta mañana y transcurrió con normalidad. Y, evidentemente, regresé de nuevo en el metro. Allí tenía a la vez ante mí la misma imagen y la excepción. Una madre con su hijo pequeño en un carrito. Que si te doy un beso, que si te hago una cosquilla y juego al veo veo. Allí estaba alguien a medio camino de su vida que había originado otra vida en este mundo siendo tal cual son. Maravillosos, rodeados de una masa que busca quiénes son en el dispositivo de su bolsillo.
No es que tuviera una revelación religiosa, por supuesto que no, pero cada gesto que veía espontáneo en alguna de las personas me pareció precioso por su naturalidad. La naturalidad me pareció excepcional, ¡eso sí que es rareza! No hay necesidad de llamar al apocalipsis o escribirle un whatsapp, aunque lo cierto es que se intuye la pérdida de algo. Si Platón se despertara mañana pensaría que hemos adoptado la vida de la apariencia y que adulamos la copia de la copia y la imitamos por sistema, navegando en la superficialidad. Sin embargo, parece que fuera del bolsillo, sigue habiendo algo de esencia en la espontaneidad.

sábado, 31 de diciembre de 2016

EL PRÍNCIPE DE LA CASA



No tengo control del tiempo, pero por la actitud de mis dueños intuyo que de nuevo hay que celebrar esa fiesta llena de luces, personas y regalos fugaces: la Navidad. Hoy el Príncipe de la casa, como así llaman a un hombre diminuto en comparación con los otros dos, está montando el árbol.

            Por las noches solemos cenar todos en familia. Yo espero debajo de la mesa la caída de algún chusco de pan mojado en salsa o cualquier otra cosa. Ese pienso del cuenco es bastante insípido en comparación con los manjares humanos. Durante la misma, papá y mamá como así los llama el ser diminuto, hablan de unos Reyes mágicos que viven lejos y que van a hacer un camino muy largo para traerle regalos al Príncipe de la casa, pero que este año serán regalos más económicos porque por lo visto, estos Reyes están pasando apuros. Mientras, la tele está encendida y el Príncipe parece fascinado con todo lo que en ella se dice. A todo responde: “quiero eso, mamá”, “¿crees que los Reyes me lo traerán?”, etcétera.

            Cuando hay que acostar al Príncipe, papá y mamá se quedan en el salón, sacan montones de papeles a los que llaman “facturas” y discuten. “No podemos comprarle eso, es muy caro”; “¿Has visto lo que hemos gastado en teléfono este mes?”; “Claro, si no llamaras a tu hermana al extranjero…”. A mí me parece que papá y mamá son muy raros, porque durante el día dicen constantemente que es la época más feliz del año, pero por las noches gritan en susurros todo tipo de reproches. Que si me han recortado el sueldo, que si hay que privarse de ciertos gastos, que si apaga la calefacción…Ayer mismo dijeron: “Hay que comprarle un pienso más barato a Ron”. Y claro, yo pensé que por qué no podía yo pedir cosas como el Príncipe de la casa. ¿Por qué era yo el que tenía que sacrificarme?

            En fin, yo lo que más quiero es salir a la calle aunque haga frío. Y correr. Y saltar. ¡Ah! Y oler algunos perros. Pero, cuando papá me saca a pasear le da por reprocharme a mí también cosas: “Estoy harto de esta familia”, “nadie me comprende”, “a veces no sé que he hecho con mi vida”, “suerte que tienes Ron de conformarte con comer y oler culos”. Entiendo yo que papá no es muy feliz. Pero tampoco lo es mamá, que cuando papá no está en casa murmulla entre dientes “seguro que está en el bar”, “vendrá borracho otra vez y quejándose por todo…”.

            Lo cierto es que a todos les tengo en alta estima: me dan cobijo, cariño y comida, ¿quién podría pedir más? Me gustaría que estuvieran más contentos y no tuvieran tantos cambios de humor. Mañana es ya 6 de enero y el árbol está plagado de regalos. El Príncipe de la casa no quería irse a dormir porque vienen los Reyes en camello y quiere conocerlos. A mí me aterra la posibilidad de encontrarme a camellos en esta casa tan pequeña, ¿cómo cabrán por la puerta? No lo sé, pero bueno, tampoco importa, me han dejado leche y galletas en la mesa para que me las coma.

            “¡Mamá, mamá! ¡Papá!” se apresura con los primeros rayos de luz a gritar el ser diminuto. “Mirad cuantos regalos”. Papá y mamá se despiertan y todos nos reunimos en el salón. Y de repente, nadie habla de reproches, todos sonríen y son felices cuando el Príncipe de la casa abre sus regalos. Incluso a mí esos Reyes invisibles me dejan alguna pelota nueva con la que jugar. Papá y mamá sonríen y se abrazan y jugamos todos juntos, sin importar nada más.