lunes, 15 de agosto de 2016

Impresentables de terciopelo

   Ya no hay tierras vírgenes ni horizontes inocentes. No hay observadores privados de puestas de sol a coste cero. De hecho, ya no hay puestas de sol que no signifiquen otra cosa que puestas de sol. Ya nada invita al pensamiento porque nada impresiona o estampa en nosotros un hecho revelador, a pesar del que aquí acontece: que somos idiotas.

   En primer lugar, el hecho de ser idiota es algo sustancialmente humano que ocurre en cada individuo, al menos, una vez en la vida. Lo que es aún más común es reconocer al idiota ajeno en cada esquina y etiquetarle según apariencia como "ese otro que pertenece a aquello que no soy yo". Funciona así como un radar, consciente de la velocidad de los demás pero no de la de su propio sistema.

   En medio de la ofensa y la observación, los dignos escapan entre comentarios de cara a la galería y grandes pompas publicitarias. ¿Por qué? Porque allá donde van los idiotas es donde los idiotas los guían. Si bien es verdad que estos segundos idiotas, los dignos, por lo menos tienen el privilegio de dirigirse a alguien que los escucha, los primeros idiotas.

   Los dignos siempre van vestidos de chamanes ocupen el puesto que ocupen. El tono neutro domina sus atuendos que van desde el traje más ortodoxo a la camisa de conductor de autobús lo más remangada posible para atisbar la existencia de un esfuerzo. Sin embargo y aunque sujetos a los correveidiles periodísticos, se encuentran intocables como buenos impresentables de terciopelo que son.

   No dudemos que los idiotas a la par que se odian se necesitan así como Amancio Ortega necesita vestir de colores a la masa para erigirse en su atuendo como chamán o los partidos politicos necesitan a sus votantes.

   Mientras tanto, la puesta de sol se repite una y otra vez a precio de mercado. Pero, siempre que se venda, el ocaso no será temido y mucho menos por los idiotas, tanto por los que ponen el precio como por los que lo compran.

   Para ser nítido pondremos el ejemplo de Pablo Casado, idiota de nuestro tiempo: Pablo Casado, el idiota, acompañado de los orantes periodistos y sus idiotas rodillas peladas, intenta coger una pala en un alarde de embutida patria para recordar viejas labores españolas tales como enterrar o levantar heridas honrando así a sus ancestros ideológicos.

   Aunque, por lo visto, el idiota, Pablo Casado vestido de impresentable de terciopelo impoluto, lo que pretendía era arar oficialmente, que no de practicar su oficio, a pesar de que idiotas no faltan para escuchar y menos para aplaudir.


viernes, 20 de mayo de 2016

Luz



   El fuego de la fe fue en muchas ocasiones. Ese astro gigante que dirige el paso del tiempo en silencio. No se oye silbar a la luz que se introduce por la ventana, sin embargo, invita a las aves a acariciar los estertores de la noche. Trama por las esquinas el abordaje de habitaciones singulares que progresivamente estampan el color en las paredes, en los muebles, en los compañeros de alcoba.
   La luz del amanecer es el eterno retorno de la vida. El despertador de los pasos del más pudiente, del más desgraciado. Domina el cielo en todo lo alto dirigiendo los caminos de los seres vivos, que lo huyen cuando radia demasiado, que lo buscan cuando es perezoso. Es el cómplice de amantes que paran el tiempo en una caricia, de pescadores que guardan el silencio en sus frágiles pisadas, de conductores de camiones que miran al horizonte buscando un futuro mejor. Es el verdugo de los fusilados de guerra, de los explotados en los rincones del mundo, de los rateros del bolso o la vida. Es el espejo de los ojos de la humanidad, es el padre de las primeras reflexiones filosóficas, de las luchas fraticidas, de las cuevas de Altamira donde nunca se llegó a colar. Fue dios en algún momento y en otro hidrógeno y helio. Estuvo dando vueltas a la Tierra y luego la Tierra empezó a dar vueltas sobre él. Fue centro del universo y luego un grano de arena de él. Tuvo todas las formas, todos los significados y siempre estuvo ahí, impasible, entre el desdén y la entrega generosa de la posibilidad de la vida.
   Es el sol, testigo de hazañas, testigo de fracasos, que nunca falló un amanecer. Ni siquiera uno.

LA AUSENCIA DE VANGUARDIA




   Hubo una época no muy lejana de contrapeso. El metarrelato principal en el que vivimos estaba amenazado por la existencia de otro que tenía su propio avance. La Guerra Fría escenificó dos tipos de mundos, dos tipos de opciones que se empujaban entre sí. Existía miedo al otro, lo que no puede significar otra cosa que miedo a la rebelión, miedo al cambio de metarrelato.

   Estamos hablando, como no, de capitalismo y comunismo en sus versiones fácticas, en la praxis de ambas teorías, no hablamos de las teorías en sí. Lo que permitió la existencia de la socialdemocracia y del Estado del Bienestar fue la existencia de un enemigo que tenía un metarrelato que aludía a la revolución de los débiles, el comunismo. Ambos regímenes eran nocivos en su práctica, pero tenían la necesidad del otro como límite a sus excesos, algo que el capitalismo, sobre todo en Europa, llegó a entender mejor. De ahí que acabara ganando la guerra ideológica.

   Sin embargo, ¿cómo es el mundo hoy? A excepción de algunos países que siguen manteniendo un sistema alternativo o que lo intentan, el mundo del capitalismo no tiene rival. No existe un contrapeso ni un enemigo ideológico que suponga una puesta en riesgo de las formas en las que se expresa el sistema y el poder. Ni siquiera existe una balanza desde dentro, desde el sufrimiento que conlleva tanto en las naciones propias como ajenas la excelsa praxis del capitalismo. Lo único que existe es un páramo masificado de ausencia de pretensión alguna de un futuro mejor. Es decir, no existe ninguna teoría, metarrelato, religión o miseria suficiente de la que brote un pensamiento de vanguardia. No ha habido un “repensar” de las categorías principales de las que consta nuestro sistema. No ha habido una vuelta a la libertad, a la fraternidad, a la solidaridad, etc. Ha habido un triunfo masivo del individualismo de consumo, de la resignación, de la anestesia. Y se ha llevado a cabo en la cultura, entendida desde el punto de vista de las costumbres, de los actos por los que se rige la vida cotidiana de las personas. La compulsividad es una enfermedad aceptada como normalidad, como un acto de libertad del individuo.

   Uno tiene la sensación de que Europa ha muerto, porque ha muerto como vanguardia de pensamiento. El germen de un propósito de sociedad mejor es inexistente. La antorcha olímpica del saber, del pretender un mundo mejor, ha sido tirada al barro y apagada por quienes no entendían por qué la portaban ni adónde se llevaba, es decir, por nosotros. Muy probablemente porque esta búsqueda de la mejoría está basada en una idea central que nace del racionalismo: el progreso. Una idea que muere.

   No es tiempo ni de ideas ni de acción en occidente. No existe un otro al que agarrarse, porque el éxito del capitalismo es abrumador. Ha cambiado el modo de vivir de las personas, lo ha hecho unívoco, lo ha adaptado a las necesidades del poder y tiene la posibilidad de jugar con ello tanto como desee porque no existe corriente de pensamiento que lo arrastre hacia otro lugar. Está en la cúspide de su historia, algo que se puede notar por la decadencia de las gentes que lo viven. Estoy pensando en África, en Oriente Medio, en Latinoamérica, donde hemos dominado desde la razón puramente instrumental y hemos generado un caos absoluto. Un caos que se desgrana hoy a las puertas de una Europa que cierra los ojos porque se ha estancado, se ha vuelto conservadora, sólo piensa en retener lo que tiene. No tiene ninguna pretensión de aumento de vida, quiere subsistir eternamente tal como es. Se ha vuelto débil.

Lo peor de esta percepción es que el sustrato está ahí. Desdeñado, pero está ahí, en la historia de occidente. Es difícil pensar que una vanguardia fuera traída desde fuera si ese fuera no conoce ya el inmenso patrimonio de fracasos ideológicos que contiene nuestra historia. Probablemente, la voluntad de poder que se va a imponer a occidente sea repetitiva en cuanto a teoría sustentante. Sea una vanguardia ya fracasada anteriormente, sin una esperanza que no sea fugaz en este mundo de informaciones efímeras e inestables.

No queda optimismo sin certezas.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Librería



   No es extraño que cada vez que tengo que ir a un centro comercial, acabe en alguna librería del mismo. Normalmente, no compro nada, simplemente doy un paseo, miro alguna novedad que pueda ser interesante. Hoy no. Hoy buscaba algo concreto.

   Me apetecía investigar sobre dos temas: animales e historia antigua. Empecé el recorrido marcado por la tienda que hacía dar la vuelta a la misma para acabar en la salida. Después de pasar todos los cachivaches tecnológicos que no me son ajenos, pero tampoco me importan demasiado, llegué a los libros. Estaban cambiando los estantes. Donde estaban las recetas de cocina, rezaba el título del estante “Historia universal” e “Historia de España”. Al lado “Filosofía” y “Religiones” Cada una con un estante pequeñito, donde debían caber todas esas cosas que hoy cuando las estudiamos nos acosan con la chirriante pregunta ¿para qué sirve eso? Todas esas cosas que componen todo lo que hemos sido y todo lo que somos. Ya tengo asumido que eso poco importa. Sin embargo, todavía debajo estaban los libros de cocina y casualmente los de animales y botánica. Allí poco encontré que me interesara. Yo quería leer sobre la fauna ibérica, pero encontré principalmente libros sobre faunas de sitios remotos. Hawaii, Tailandia, botánica oriental, botánica americana, psicología perruna y cómo hacer un montón de cosas. Cómo hacer jardinería en tu hogar, cómo hacer jardinería en tu patio, cómo pensar como un gato, cómo convertirse en un experto en no se qué…Doy gracias que al lado de La biblia de la astronomía no hubiera uno que se titulara “cómo ser un imbécil”. Aunque había algo parecido, un montón de vagos impresos de autoayuda.

   Puesto que no encontré nada de aves y peces de la península que era lo que yo buscaba, fui paseando por otras zonas. En una zona destacada, junto a otros títulos variopintos, había un libro minúsculo: “Cómo ser una buena esposa”, Alianza Editorial. Lo abrí al azar, sin miedo a miradas de desaprobación, y lo primero que leí fue: “usted, como mujer, no espere ser feliz”. Mi alboroto mental era ya supino, así que seguí mi camino entre un aguacero de novelas y relatos que marean. Por fin llegué a donde estaban los libros de Historia, donde decía “Recetas de cocina”. Empecé a buscar en un manantial y no quedé menos mareado: “La verdadera cara de Franco”, “Franco con franqueza”, “La cara oculta de Franco”, “Breve historia de...”, “El carisma oculto de Hitler”, “Los secretos de los dictadores”. Biografías de todos los personajes que pueda uno imaginar. Había de todo, menos historia. Allí había autobiografías no autorizadas, un estante de trapos sucios de personajes importantes. Yo quería encontrar algo un poco menos específico, algo que me contara como vivía un don nadie de alguna época. Imposible.

   Me di la vuelta y vi un mostrador con diez libros de ensayo y uno de ellos era: “Manifiesto comunista, Marx y Engels”, Alianza Editorial. Al leer esto último recordé que de ser mujer, no podría ser feliz…Cosas de las editoriales. No es que no encontrara nada de la historia que yo buscaba, pero todo era o “Breve…” o directamente el nombre de una ciudad o un personaje. Llegué casi a convertirme en un profundo monoteísta cuando vi “Historia de España completa”, volví a ser un descreído cuando era el volumen VII y no había ninguno más.

   Aburrido, como última esperanza fui al estante de libros de cine esperando encontrar algún guion, pero otra vez no pude conseguir lo que pretendía. Eso sí, todo eran libros que rezaban: “Cómo escribir un guion”. Eso sí, sus autores no habían triunfado en el mundillo. Entonces era mejor que escribieran “Cómo no escribir un guion”. Queriendo salir corriendo, no lo hice por no parecer un ladrón, así que andando a la salida me bombardearon con merchandising abundante de Star Wars, recordé que George Lucas estaba indignado con la venta a Disney de su religión secular y lo entendí todo.

   Casi todos los libros se enfocaban a cómo ser, cómo hacer, a una conversión casi religiosa en un oficio, en una actitud vital que los potenciales lectores no tenían. Incluso en Historia estaba reinando la extrema personificación de la misma, tanto, que abruma un poco que el contexto sea hasta desconsiderado. El individualismo sin contenido, el vacío existencial, la necesidad de anecdotario, la pose comercial…Me pareció haberlo leído antes. De camino al coche quise recordar y recordé “Los escaparates mandan” de Ortega y Gasset y “La náusea” de Sartre. Todo me pareció en este día primaveral muy sombrío, muy ruidoso. Pensé en el progreso como si Moisés y sus creyentes fueran por una carretera infinita sin tierra prometida. Luego recordé cómo se consiguen las tierras prometidas, cómo están muriendo en el barro de Grecia aquellos no refugiados y cómo nosotros jugamos al ping-pong en busca del aturdimiento entre la sobreinformación y el entretenimiento. La hora de comer se va acercando con sigilo para perpetrar en mí un momento de descanso mental. Sin embargo, todo eso que no importa, todo eso que es el mundo, no desaparece. Permanece ahí, carcomiendo mi mente a cuentagotas, con razón.