Reproduzco un artículo de 1980 de mi padre, para la revista Adarga, con cariño, por su rabiosa actualidad.
Hace
unos catorce años, los Who titularon así una de sus más conocidas
canciones; hace unos catorce años, la efervescencia del mundo joven
se aupaba exultante; hace unos catorce años, en España existía una
dictadura, y hace unos catorce años hacían sus primeros escarceos
los antecedentes del pasota.
Hay
una diferencia sustancial entre los muchachos que dejaban de romperse
los zapatos jugando a la pelota y aquellos otros muchachos de hace
cuarenta y tantos años que ya iban bien si tenían zapatos. Estos
últimos se metieron en un proceso revolucionario, quizá porque las
inmediatas condiciones sociales les llevaron a ello, y estos otros
hemos brujuleado entre la contestación, la rebeldía, el hastío y
el pasotismo. Unos reivindicaban trabajar y los otros, el no hacerlo.
Unos soñaban con un cambio social y los otros con que les dejen en
paz.
Sin embargo, nadie se resigna a dejar de contar sus
vicisitudes. Todo el que piensa que tiene historia no suele
escribirla en un libro; se la cuenta insistentemente a todos los que
tiene a su alrededor. ¡Qué distintas efemérides y cuánto pegote
notorio! De las aventuras excitantes de la revolución a las no menos
atrayentes de los ácidos en Nochebuena, los canutos en el parque,
las comunicaciones comunitarias o los viernes por la tarde en los
conciertos del MM. Y aunque se dice que el hombre es el único animal
capaz de superar sus circunstancias, quien más y quien menos anda a
cuestas con el orteguiano "yo soy yo y mis circunstancias".
Los que ahora tenemos más de veinte y aún no llegamos a los
cuarenta tuvimos una represión distinta a la del hambre. Nuestra
represión fue cultural y sociológica más que política. Lo
político era muy sencillo, tanto, que suena a maximalista: había
que cepillarse al régimen.
Hoy no está aquel régimen, pero
hay una generación, casi toda una generación, que se debate entre
la decepción y la desesperanza. Pomposamente se les llama pasotas. A
mí me parece que los pasotas son algo contradictorio y complejo,
porque ante todo son un producto de su tiempo. En potencia resultan
una gente de derechas, porque con la inhibición no se cuestiona el
sistema; pero yo diría que tienen una fina sensibilidad izquierdosa,
propia de esa innata rebeldía ante todo lo que suene a autoridad.
Los pasotas son esa especie de acracia feliz, o libertarios de
derechas, que dicho así suena raro; pero las definiciones tienen el
problema de complicar a veces lo definido. La lucha real, que no
dialéctica, de estos dos componentes lleva a esa calle de en medio
que no tiene salida.
Me parece, cada día más, que el
movimiento anarquista desperdició o está a punto de desperdiciar
todo ese potencial de insatisfacción que está en la calle. No se
trataba de capitalizarlo al modo de los partidos políticos, sin
inculcar la necesidad de la lucha estructural. De hecho, no ha habido
sintonía entre la calle y los libertarios organizados. Ha habido,
eso sí, incomprensión, sectarismo y, sobre todo, falta de
paciencia. Porque hay mucho pasota que, rebotado de partidos
políticos, se pone en ascuas cada vez que se le habla de una
organización; porque hay mucho pasota que se da cuenta de que en
realidad no pasa nada; porque hay mucho pasota que desea ver una
perspectiva clara de lucha; porque hay mucho pasota que está harto
de que le conviertan en moda progre; porque hay mucho pasota al que
damos un cierto retufo a "nueva iglesia"; porque hay mucho
pasota que curra para comer y no ve posibilidades de lucha en las
confrontaciones laborales; porque hay demasiados porqués que no se
han analizado.
En este juego de la sucia política de cara a los
jóvenes parece que vale todo. Se pueden inventar autonomías, se
puede legalizar la hierba, se puede jugar a modernos desde las
Diputaciones, hasta que llega un fulano que dice: "Yo ejerzo de
pasota con algún desliz inconexo". ¿Y qué? Pues a darle a la
bolita, que esto es como rizar el rizo de las falacias. Por ejemplo,
en Andalucía, donde más parados y pasotas se ubican, han tratado de
sustituir la conciencia social por una supuesta conciencia nacional.
¡Vaya un bisnes que han hecho los andaluces con el estatuto! Pero en
las manifestaciones proautonómicas de los partidos de la izquierda
no se han escuchado consignas como "un porro, una tía y
Estatuto de Autonomía" o "Ácidos, canutos, queremos un
estatuto". Mi generación les está fallando.
Es que todo
es aburrido, me dice un porrero amigo: -Pongo la tele y escucho: "Se
han entrevistado el secretario general del partido tal, con el
ministro cual. Ambos estadistas pasaron revista a los temas de
actualidad y manifestaron, una vez concluida la entrevista, que ésta
se había desarrollado en un clima de cordialidad y con enorme
sentido constructivo". Un día sí y otro también. Pongo la
radio y hasta la FM se ha vuelto un coñazo. La "nueva ola"
esa no hay quien la aguante y yo soy como la canción de los Jethro
Tull "demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven
para morir". Voy al parque y si no hay peta no te enrollas, tío.
El cine es un muermazo, y a mí las discotecas nunca me han ido: mal
rollo, música mangui, ¡que paranoia, colega! El tate está caro y
cada día es más chungalí. Me flipa el jazz, pero viene alguien
farde y te clavan casi un talego, tronco ¡que es demasiao! Y encima
la madera to el día en la calle. No te puedes pegar una movida
tranquilo. Los picotazos tienen unas subidas chungas y además hay un
golfeo macarra que alucina, hermano. Luego planto un tiesto en la
Kell (sic) y leo en un libro que el rock mata la maría. ¡Qué
mogollón, tío, qué mogollón!
Le dejo al pobre, porque está
a punto de coger un complejo de carroza, aunque no es tarra el
amiguete. Otro colega que va para sexólogo o algo parecido me dice
que la lotería y las quinielas son un factor importante en los
países capitalistas. La sublimación de la suerte para combatir la
miseria de la vida cotidiana. Los pasotas ya ni hacen quinielas. Un
tercero, que va para sociólogo, me divide a los pasotas en:
macarrillas, intelectualoides, justificacionistas e idealistas. "¿Hay
filosofía pasota?" le pregunto. "Bueno, pues teniendo en
cuenta que los pasotas tienen una mezcla de existencialismo a lo
Kierkegaard y nihilismo de Nietszche unido a un vitalismo
esperpéntico con atisbos comunales y rituales orientalistas..."
Este hombre no ha entendido nada. Yo, tampoco.
Seguimos la ruta,
estoy dispuesto a escribir lo que sea con la condición de que no
tenga un ápice de moralina. Un supuesto anarquista ha arremetido
contra esta gente como no lo hubiera hecho el tipo más retrógrado.
La incomprensión a la que aludíamos, porque de esa guisa no es
extraño que gane la partida hasta el cura de la parroquia. Los curas
son listos, los políticos son listos y los que deberíamos agudizar
el ingenio nos metemos en las torres de marfil y esperamos que caiga
el maná; traducido: que la gente venga, se conciencie sola, perdón,
comparta nuestros puntos de vista.
Mi generación continúa
deambulando por las calles a la búsqueda de todo o de nada. Una más
de las generaciones perdidas que han pululado por la Historia en una
etapa de cambios. Es la juventud de la era de la tecnología y la
informática. Pensando en la bomba atómica y el humor de Woody
Allen.
El parque cada vez es más sombrío; otoño y las hojas
secas suenan al son de las pisadas. Paseo despacio con mi amigo el
porrero. El tibio sol no nos llega a calentar el coco. La cerveza de
las dos de la tarde, la charla habitual, las mismas caras y las
mismas gentes.
Comemos juntos, el café humea y hablamos de
viejas cosas. Esas efemérides nuestras. Los viajes de saco y macuto,
las grandes bascas de principios de los setenta, la música que ya
debe sonar un poco vieja. Nostalgia, nostalgia, nostalgia. En la
calle, la extravangancia política hace estragos. "Impotencia
para impedirlo" sería un epitafio menos necio que el "passo
de todo" crispante. Los días van pasando a ritmo a veces
vertiginoso, a veces desesperante. "Un colocón, que no lo
soporto", apostilla mi amigo. Es edificante observar cómo se
pasa de líderes, y a los que no quieren líderes es difícil
acoplarles sucedáneos.
Estuve dándole vueltas al tema,
conversé con los socios de mi generación y se fueron desvanenciendo
los halos mágicos. El sueño ha sido largo y por ahí es
irrealizable. Una revista marginal decía que sólo quedan dos
caminos, la esquizofrenia o las barricadas. El desvaído sol se apaga
y los colegas en su mayoría han elegido o les han hecho elegir, que
es más doloroso, la esquizofrenia. ¿Quién le pone el cascabel a
ese gato?
Fernando
Montero para la Revista Adarga, 1980