viernes, 20 de mayo de 2016

LA AUSENCIA DE VANGUARDIA




   Hubo una época no muy lejana de contrapeso. El metarrelato principal en el que vivimos estaba amenazado por la existencia de otro que tenía su propio avance. La Guerra Fría escenificó dos tipos de mundos, dos tipos de opciones que se empujaban entre sí. Existía miedo al otro, lo que no puede significar otra cosa que miedo a la rebelión, miedo al cambio de metarrelato.

   Estamos hablando, como no, de capitalismo y comunismo en sus versiones fácticas, en la praxis de ambas teorías, no hablamos de las teorías en sí. Lo que permitió la existencia de la socialdemocracia y del Estado del Bienestar fue la existencia de un enemigo que tenía un metarrelato que aludía a la revolución de los débiles, el comunismo. Ambos regímenes eran nocivos en su práctica, pero tenían la necesidad del otro como límite a sus excesos, algo que el capitalismo, sobre todo en Europa, llegó a entender mejor. De ahí que acabara ganando la guerra ideológica.

   Sin embargo, ¿cómo es el mundo hoy? A excepción de algunos países que siguen manteniendo un sistema alternativo o que lo intentan, el mundo del capitalismo no tiene rival. No existe un contrapeso ni un enemigo ideológico que suponga una puesta en riesgo de las formas en las que se expresa el sistema y el poder. Ni siquiera existe una balanza desde dentro, desde el sufrimiento que conlleva tanto en las naciones propias como ajenas la excelsa praxis del capitalismo. Lo único que existe es un páramo masificado de ausencia de pretensión alguna de un futuro mejor. Es decir, no existe ninguna teoría, metarrelato, religión o miseria suficiente de la que brote un pensamiento de vanguardia. No ha habido un “repensar” de las categorías principales de las que consta nuestro sistema. No ha habido una vuelta a la libertad, a la fraternidad, a la solidaridad, etc. Ha habido un triunfo masivo del individualismo de consumo, de la resignación, de la anestesia. Y se ha llevado a cabo en la cultura, entendida desde el punto de vista de las costumbres, de los actos por los que se rige la vida cotidiana de las personas. La compulsividad es una enfermedad aceptada como normalidad, como un acto de libertad del individuo.

   Uno tiene la sensación de que Europa ha muerto, porque ha muerto como vanguardia de pensamiento. El germen de un propósito de sociedad mejor es inexistente. La antorcha olímpica del saber, del pretender un mundo mejor, ha sido tirada al barro y apagada por quienes no entendían por qué la portaban ni adónde se llevaba, es decir, por nosotros. Muy probablemente porque esta búsqueda de la mejoría está basada en una idea central que nace del racionalismo: el progreso. Una idea que muere.

   No es tiempo ni de ideas ni de acción en occidente. No existe un otro al que agarrarse, porque el éxito del capitalismo es abrumador. Ha cambiado el modo de vivir de las personas, lo ha hecho unívoco, lo ha adaptado a las necesidades del poder y tiene la posibilidad de jugar con ello tanto como desee porque no existe corriente de pensamiento que lo arrastre hacia otro lugar. Está en la cúspide de su historia, algo que se puede notar por la decadencia de las gentes que lo viven. Estoy pensando en África, en Oriente Medio, en Latinoamérica, donde hemos dominado desde la razón puramente instrumental y hemos generado un caos absoluto. Un caos que se desgrana hoy a las puertas de una Europa que cierra los ojos porque se ha estancado, se ha vuelto conservadora, sólo piensa en retener lo que tiene. No tiene ninguna pretensión de aumento de vida, quiere subsistir eternamente tal como es. Se ha vuelto débil.

Lo peor de esta percepción es que el sustrato está ahí. Desdeñado, pero está ahí, en la historia de occidente. Es difícil pensar que una vanguardia fuera traída desde fuera si ese fuera no conoce ya el inmenso patrimonio de fracasos ideológicos que contiene nuestra historia. Probablemente, la voluntad de poder que se va a imponer a occidente sea repetitiva en cuanto a teoría sustentante. Sea una vanguardia ya fracasada anteriormente, sin una esperanza que no sea fugaz en este mundo de informaciones efímeras e inestables.

No queda optimismo sin certezas.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Librería



   No es extraño que cada vez que tengo que ir a un centro comercial, acabe en alguna librería del mismo. Normalmente, no compro nada, simplemente doy un paseo, miro alguna novedad que pueda ser interesante. Hoy no. Hoy buscaba algo concreto.

   Me apetecía investigar sobre dos temas: animales e historia antigua. Empecé el recorrido marcado por la tienda que hacía dar la vuelta a la misma para acabar en la salida. Después de pasar todos los cachivaches tecnológicos que no me son ajenos, pero tampoco me importan demasiado, llegué a los libros. Estaban cambiando los estantes. Donde estaban las recetas de cocina, rezaba el título del estante “Historia universal” e “Historia de España”. Al lado “Filosofía” y “Religiones” Cada una con un estante pequeñito, donde debían caber todas esas cosas que hoy cuando las estudiamos nos acosan con la chirriante pregunta ¿para qué sirve eso? Todas esas cosas que componen todo lo que hemos sido y todo lo que somos. Ya tengo asumido que eso poco importa. Sin embargo, todavía debajo estaban los libros de cocina y casualmente los de animales y botánica. Allí poco encontré que me interesara. Yo quería leer sobre la fauna ibérica, pero encontré principalmente libros sobre faunas de sitios remotos. Hawaii, Tailandia, botánica oriental, botánica americana, psicología perruna y cómo hacer un montón de cosas. Cómo hacer jardinería en tu hogar, cómo hacer jardinería en tu patio, cómo pensar como un gato, cómo convertirse en un experto en no se qué…Doy gracias que al lado de La biblia de la astronomía no hubiera uno que se titulara “cómo ser un imbécil”. Aunque había algo parecido, un montón de vagos impresos de autoayuda.

   Puesto que no encontré nada de aves y peces de la península que era lo que yo buscaba, fui paseando por otras zonas. En una zona destacada, junto a otros títulos variopintos, había un libro minúsculo: “Cómo ser una buena esposa”, Alianza Editorial. Lo abrí al azar, sin miedo a miradas de desaprobación, y lo primero que leí fue: “usted, como mujer, no espere ser feliz”. Mi alboroto mental era ya supino, así que seguí mi camino entre un aguacero de novelas y relatos que marean. Por fin llegué a donde estaban los libros de Historia, donde decía “Recetas de cocina”. Empecé a buscar en un manantial y no quedé menos mareado: “La verdadera cara de Franco”, “Franco con franqueza”, “La cara oculta de Franco”, “Breve historia de...”, “El carisma oculto de Hitler”, “Los secretos de los dictadores”. Biografías de todos los personajes que pueda uno imaginar. Había de todo, menos historia. Allí había autobiografías no autorizadas, un estante de trapos sucios de personajes importantes. Yo quería encontrar algo un poco menos específico, algo que me contara como vivía un don nadie de alguna época. Imposible.

   Me di la vuelta y vi un mostrador con diez libros de ensayo y uno de ellos era: “Manifiesto comunista, Marx y Engels”, Alianza Editorial. Al leer esto último recordé que de ser mujer, no podría ser feliz…Cosas de las editoriales. No es que no encontrara nada de la historia que yo buscaba, pero todo era o “Breve…” o directamente el nombre de una ciudad o un personaje. Llegué casi a convertirme en un profundo monoteísta cuando vi “Historia de España completa”, volví a ser un descreído cuando era el volumen VII y no había ninguno más.

   Aburrido, como última esperanza fui al estante de libros de cine esperando encontrar algún guion, pero otra vez no pude conseguir lo que pretendía. Eso sí, todo eran libros que rezaban: “Cómo escribir un guion”. Eso sí, sus autores no habían triunfado en el mundillo. Entonces era mejor que escribieran “Cómo no escribir un guion”. Queriendo salir corriendo, no lo hice por no parecer un ladrón, así que andando a la salida me bombardearon con merchandising abundante de Star Wars, recordé que George Lucas estaba indignado con la venta a Disney de su religión secular y lo entendí todo.

   Casi todos los libros se enfocaban a cómo ser, cómo hacer, a una conversión casi religiosa en un oficio, en una actitud vital que los potenciales lectores no tenían. Incluso en Historia estaba reinando la extrema personificación de la misma, tanto, que abruma un poco que el contexto sea hasta desconsiderado. El individualismo sin contenido, el vacío existencial, la necesidad de anecdotario, la pose comercial…Me pareció haberlo leído antes. De camino al coche quise recordar y recordé “Los escaparates mandan” de Ortega y Gasset y “La náusea” de Sartre. Todo me pareció en este día primaveral muy sombrío, muy ruidoso. Pensé en el progreso como si Moisés y sus creyentes fueran por una carretera infinita sin tierra prometida. Luego recordé cómo se consiguen las tierras prometidas, cómo están muriendo en el barro de Grecia aquellos no refugiados y cómo nosotros jugamos al ping-pong en busca del aturdimiento entre la sobreinformación y el entretenimiento. La hora de comer se va acercando con sigilo para perpetrar en mí un momento de descanso mental. Sin embargo, todo eso que no importa, todo eso que es el mundo, no desaparece. Permanece ahí, carcomiendo mi mente a cuentagotas, con razón.

martes, 9 de febrero de 2016

MI GENERACIÓN, por FERNANDO MONTERO (1980)

Reproduzco un artículo de 1980 de mi padre, para la revista Adarga, con cariño, por su rabiosa actualidad.

    Hace unos catorce años, los Who titularon así una de sus más conocidas canciones; hace unos catorce años, la efervescencia del mundo joven se aupaba exultante; hace unos catorce años, en España existía una dictadura, y hace unos catorce años hacían sus primeros escarceos los antecedentes del pasota.

    Hay una diferencia sustancial entre los muchachos que dejaban de romperse los zapatos jugando a la pelota y aquellos otros muchachos de hace cuarenta y tantos años que ya iban bien si tenían zapatos. Estos últimos se metieron en un proceso revolucionario, quizá porque las inmediatas condiciones sociales les llevaron a ello, y estos otros hemos brujuleado entre la contestación, la rebeldía, el hastío y el pasotismo. Unos reivindicaban trabajar y los otros, el no hacerlo. Unos soñaban con un cambio social y los otros con que les dejen en paz.

    Sin embargo, nadie se resigna a dejar de contar sus vicisitudes. Todo el que piensa que tiene historia no suele escribirla en un libro; se la cuenta insistentemente a todos los que tiene a su alrededor. ¡Qué distintas efemérides y cuánto pegote notorio! De las aventuras excitantes de la revolución a las no menos atrayentes de los ácidos en Nochebuena, los canutos en el parque, las comunicaciones comunitarias o los viernes por la tarde en los conciertos del MM. Y aunque se dice que el hombre es el único animal capaz de superar sus circunstancias, quien más y quien menos anda a cuestas con el orteguiano "yo soy yo y mis circunstancias". Los que ahora tenemos más de veinte y aún no llegamos a los cuarenta tuvimos una represión distinta a la del hambre. Nuestra represión fue cultural y sociológica más que política. Lo político era muy sencillo, tanto, que suena a maximalista: había que cepillarse al régimen.

    Hoy no está aquel régimen, pero hay una generación, casi toda una generación, que se debate entre la decepción y la desesperanza. Pomposamente se les llama pasotas. A mí me parece que los pasotas son algo contradictorio y complejo, porque ante todo son un producto de su tiempo. En potencia resultan una gente de derechas, porque con la inhibición no se cuestiona el sistema; pero yo diría que tienen una fina sensibilidad izquierdosa, propia de esa innata rebeldía ante todo lo que suene a autoridad. Los pasotas son esa especie de acracia feliz, o libertarios de derechas, que dicho así suena raro; pero las definiciones tienen el problema de complicar a veces lo definido. La lucha real, que no dialéctica, de estos dos componentes lleva a esa calle de en medio que no tiene salida.
Me parece, cada día más, que el movimiento anarquista desperdició o está a punto de desperdiciar todo ese potencial de insatisfacción que está en la calle. No se trataba de capitalizarlo al modo de los partidos políticos, sin inculcar la necesidad de la lucha estructural. De hecho, no ha habido sintonía entre la calle y los libertarios organizados. Ha habido, eso sí, incomprensión, sectarismo y, sobre todo, falta de paciencia. Porque hay mucho pasota que, rebotado de partidos políticos, se pone en ascuas cada vez que se le habla de una organización; porque hay mucho pasota que se da cuenta de que en realidad no pasa nada; porque hay mucho pasota que desea ver una perspectiva clara de lucha; porque hay mucho pasota que está harto de que le conviertan en moda progre; porque hay mucho pasota al que damos un cierto retufo a "nueva iglesia"; porque hay mucho pasota que curra para comer y no ve posibilidades de lucha en las confrontaciones laborales; porque hay demasiados porqués que no se han analizado.

    En este juego de la sucia política de cara a los jóvenes parece que vale todo. Se pueden inventar autonomías, se puede legalizar la hierba, se puede jugar a modernos desde las Diputaciones, hasta que llega un fulano que dice: "Yo ejerzo de pasota con algún desliz inconexo". ¿Y qué? Pues a darle a la bolita, que esto es como rizar el rizo de las falacias. Por ejemplo, en Andalucía, donde más parados y pasotas se ubican, han tratado de sustituir la conciencia social por una supuesta conciencia nacional. ¡Vaya un bisnes que han hecho los andaluces con el estatuto! Pero en las manifestaciones proautonómicas de los partidos de la izquierda no se han escuchado consignas como "un porro, una tía y Estatuto de Autonomía" o "Ácidos, canutos, queremos un estatuto". Mi generación les está fallando.

    Es que todo es aburrido, me dice un porrero amigo: -Pongo la tele y escucho: "Se han entrevistado el secretario general del partido tal, con el ministro cual. Ambos estadistas pasaron revista a los temas de actualidad y manifestaron, una vez concluida la entrevista, que ésta se había desarrollado en un clima de cordialidad y con enorme sentido constructivo". Un día sí y otro también. Pongo la radio y hasta la FM se ha vuelto un coñazo. La "nueva ola" esa no hay quien la aguante y yo soy como la canción de los Jethro Tull "demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir". Voy al parque y si no hay peta no te enrollas, tío. El cine es un muermazo, y a mí las discotecas nunca me han ido: mal rollo, música mangui, ¡que paranoia, colega! El tate está caro y cada día es más chungalí. Me flipa el jazz, pero viene alguien farde y te clavan casi un talego, tronco ¡que es demasiao! Y encima la madera to el día en la calle. No te puedes pegar una movida tranquilo. Los picotazos tienen unas subidas chungas y además hay un golfeo macarra que alucina, hermano. Luego planto un tiesto en la Kell (sic) y leo en un libro que el rock mata la maría. ¡Qué mogollón, tío, qué mogollón!

    Le dejo al pobre, porque está a punto de coger un complejo de carroza, aunque no es tarra el amiguete. Otro colega que va para sexólogo o algo parecido me dice que la lotería y las quinielas son un factor importante en los países capitalistas. La sublimación de la suerte para combatir la miseria de la vida cotidiana. Los pasotas ya ni hacen quinielas. Un tercero, que va para sociólogo, me divide a los pasotas en: macarrillas, intelectualoides, justificacionistas e idealistas. "¿Hay filosofía pasota?" le pregunto. "Bueno, pues teniendo en cuenta que los pasotas tienen una mezcla de existencialismo a lo Kierkegaard y nihilismo de Nietszche unido a un vitalismo esperpéntico con atisbos comunales y rituales orientalistas..." Este hombre no ha entendido nada. Yo, tampoco.

    Seguimos la ruta, estoy dispuesto a escribir lo que sea con la condición de que no tenga un ápice de moralina. Un supuesto anarquista ha arremetido contra esta gente como no lo hubiera hecho el tipo más retrógrado. La incomprensión a la que aludíamos, porque de esa guisa no es extraño que gane la partida hasta el cura de la parroquia. Los curas son listos, los políticos son listos y los que deberíamos agudizar el ingenio nos metemos en las torres de marfil y esperamos que caiga el maná; traducido: que la gente venga, se conciencie sola, perdón, comparta nuestros puntos de vista.
Mi generación continúa deambulando por las calles a la búsqueda de todo o de nada. Una más de las generaciones perdidas que han pululado por la Historia en una etapa de cambios. Es la juventud de la era de la tecnología y la informática. Pensando en la bomba atómica y el humor de Woody Allen.
El parque cada vez es más sombrío; otoño y las hojas secas suenan al son de las pisadas. Paseo despacio con mi amigo el porrero. El tibio sol no nos llega a calentar el coco. La cerveza de las dos de la tarde, la charla habitual, las mismas caras y las mismas gentes.

    Comemos juntos, el café humea y hablamos de viejas cosas. Esas efemérides nuestras. Los viajes de saco y macuto, las grandes bascas de principios de los setenta, la música que ya debe sonar un poco vieja. Nostalgia, nostalgia, nostalgia. En la calle, la extravangancia política hace estragos. "Impotencia para impedirlo" sería un epitafio menos necio que el "passo de todo" crispante. Los días van pasando a ritmo a veces vertiginoso, a veces desesperante. "Un colocón, que no lo soporto", apostilla mi amigo. Es edificante observar cómo se pasa de líderes, y a los que no quieren líderes es difícil acoplarles sucedáneos.

    Estuve dándole vueltas al tema, conversé con los socios de mi generación y se fueron desvanenciendo los halos mágicos. El sueño ha sido largo y por ahí es irrealizable. Una revista marginal decía que sólo quedan dos caminos, la esquizofrenia o las barricadas. El desvaído sol se apaga y los colegas en su mayoría han elegido o les han hecho elegir, que es más doloroso, la esquizofrenia. ¿Quién le pone el cascabel a ese gato?
Fernando Montero para la Revista Adarga, 1980

miércoles, 23 de diciembre de 2015

EL PACTO POR ESPAÑA Y LA TÁCTICA DE PODEMOS

   Las elecciones del famoso 20d han dejado un panorama político aún más dividido. La oficialidad de las Dos Españas ha pasado a ser de Cuatro. Ya no se divide sólo en dos bandos políticos opuestos, sino en dos generaciones: el pasado y el futuro. Ante este escenario, los resultados de sobra conocidos obligan a otra de esas grandes etiquetas mediáticas: un pacto por España.

   Ese pacto pretende aglutinar a las fuerzas proclives al statu quo (PP, PSOE y C's) y maquillar éste con un aperitivo y un refreso, una nueva cara más amable del poder, pocas veces encontrada. El cambio político es lo que pide la sociedad, y por tanto, es en torno a lo que se crean diferentes bandos para conseguirlo (sea cambio real o no después). Silogismo sencillo: se disputan el mérito de lo que la sociedad pide. Lo que la sociedad pide da el poder. Por tanto, se disputan el poder. Sin embargo, este eje de partidos tradicionales tiene que lidiar con sus problemas internos:

  - El Partido Popular no está abierto, por mucho que lo haya dejado caer levemente en campaña, a una reforma constitucional, aunque puede mercadear con ello (investidura-PSOE). Ni siquiera a un saneamiento del partido. Su estructura como partido se ramifica por todas las instituciones, donde juegan a la corrupción de manera evidente, de manera tan vasta, que no pueden apenas prescindir de nadie. Todos tienen algo que callar. El ejemplo más reciente es Gómez de la Serna que se ha negado a quitarse de las listas electorales a pesar de su escándalo. Es un árbol podrido donde todas las partes se necesitan para vivir, pero que irremediablemente muere. Y lo peor es que ya no puede mantener una apariencia sana. Ni siquiera envolviéndose en la Patria. Por todo ésto, que no se sanee, que no haya nuevas caras, impide cualquier apariencia de cambio y renovación.

   - El Partido Socialista está entre la espada y la pared. Está a oros y a bastos, como de costumbre. Al establishment y a la gente. A las grandes empresas y al pobre desahuciado. Un discurso cambiante desde que Pedro Sánchez es Secretario General. Tanto, que ha copiado el programa de Podemos descaradamente. Y si no se lo creen, mírenlo. Pero esa espada y esa pared vienen dadas por los resultados electorales y la independencia de Catalunya. Esta última empuja la espada, y lo único que le salva al partido es formar un gobierno con el PP para impedirlo. Y si cabe, con C's en eso que decíamos antes del Pacto por España. Problema: si pacta o permite que gobierne el PP, el PSOE habrá muerto como partido de gobierno. Se convertirán en un PKK griego, en el Partido Socialdemócrata alemán. Muletas de quien gobierne. Cadáveres de una izquierda de mal viraje.

- Ciudadanos tiene el problema de haber tenido un resultado insuficiente como para ser significante en algo de lo que está pasando. Tienen muchas ganas de que haya un gobierno por la situación en Catalunya. Tienen ganas de ser partícipes del bando mal llamado 'unionista'. Rascar mérito de la no independencia de los catalanes (por ser su cuna política). Rascar cambio, pacto, transición, Adolfo Suárez y lo que sea, con tal de tener hueco y rascar algo.

   ¿Y Podemos? Podemos es el partido de la estrategia por antonomasia. No sabemos si tienen suerte o tienen cierta maestría. Suponiendo lo segundo, el escenario ha quedado a pedir de boca para ellos. Con 69 escaños, no son partido con suficiente peso para gobernar, pero sí para colocarse en ese otro bando del cambio, en esa superioridad de marcar la agenda política, de erigirse como la autenticidad del cambio. Su mayor baza es la independencia de Catalunya. Apoyando un referéndum no están en contra de los independentistas, pero tampoco a favor. Tienen el apoyo de los 'secesionistas' porque permitir un referendum es como un halago de cortesía. Ahí se produce el intercambio de jugadas: los independentistas esperáis a mover ficha hasta después del 20d, y entonces presionáis con la continuación del 'procés' . Esto hace que se forme un gobierno central de obligado pacto de las fuerzas tradicionales (PP-PSOE + C's), lo que hace dinamitar al PSOE, barriendo todos sus votos hacia Podemos, que se proclama único partido de la izquierda, habiendo ya dejado terminal a IU. Si esta lógica se cumpliera y sumáramos, Podemos se podría ver con 174-175 escaños (90 PSOE + 69 Podemos + 15/16 de IU si se unificara con Podemos). Es decir, MAYORÍA ABSOLUTA.

   Para conseguir ésto, Podemos tiene que dar la apariencia de querer una nueva Transición, de ahí los comentarios sobre la necesidad de un independiente y cosas así. Tiene que hacer que Ciudadanos se coloque en la opinión pública en la derecha. Ésto es muy importante para que las migajas de la muerte del PSOE no fueran a Ciudadanos. Si se forma el gobierno que mate al PSOE, perfecto para ellos. Si no, perfecto también porque se repiten las elecciones, y en ese escenario ellos han quedado como los que no pueden gobernar y lo aceptan,  como los únicos capaces de dialogar con los catalanes, como los que ponen condiciones muy claras para aceptar la proclamación de alguno de los posibles gobiernos. Cuatro de las cinco condiciones son proclamas de la ciudadanía en su conjunto. Una es la del referéndum en Catalunya, innegociable. Ésa es la llave de Podemos.

   Maquiavelo no creería en la inocencia de los acontecimientos que están teniendo lugar. Por suerte o por desgracia, yo tampoco.

  

jueves, 25 de junio de 2015

1er PREMIO VII RELATO CORTO USERA: "Cayendo en el olvido"

Suena el despertador en un rincón oscuro de mi cuarto. De un cuarto cualquiera del barrio de Usera. De un cualquiera residente en la Calle General Marvá, 41, 2ºderecha. Las 8:15 de una mañana que no pretende ser especial. La costumbre, a mis 67 años, me lleva a recordar. Es curioso ver como es difícil rememorar un despertar en nuestro largo camino. La vida está llena de fotografías en nuestra memoria, de pequeños tramos que no nos dejan ver la escena anhelada de modo claro. Recordamos a modo de puzle, a modo de piezas que encajan, de vacíos que no nos permiten enlazar con otras partes.
La edad no sólo trae la mesura, sino también el deterioro físico. De ahí que mi madrugón guíe mis pasos hasta el centro médico de Calesas. Ser previsor me permite tomarme un café antes de abordar otra de las innumerables citas médicas. En el camino, me encuentro un barrio cada vez más oscuro, más triste, más solitario, algo que nunca pensé que llegaría a ver. En otro tiempo, Usera destilaba vida, juventud, dinamismo, emoción, en definitiva, recuerdo. Ante los ojos de los adultos y los no tan adultos, se extiende la normalidad de los edificios, las aglomeraciones de gente desconocida, la suciedad, las puertas cerradas y el vaivén rápido de los días. En mi niñez, parecía todo más sencillo, pero sobre todo, menos hostil. Y esto no sé si es por mi edad que me siento en peligro constante, o es que el odio se ha petrificado en las almas de los que vivimos aquí.
Noto en conversaciones con vecinos cierta resignación ante el cambio de rumbo que hemos dado, sin que eso mitigue la rabia interna. Yo, más que rabia, siento lástima. Por lo que recuerdo de mi juventud, los parques, descampados, canchas de fútbol, estaban llenos de jovialidad, y hoy apenas son visitados. Parecen más bien el lecho de muerte de juguetes de antaño. En un pequeño campo de fútbol sala cerca de mi casa, en el parque de la Telefónica, yace un balón pinchado desde hace meses, y en la papelera, los envoltorios de caramelos se retiraron para dar paso a las litronas. ¿Será que esos niños cambiaron los dulces por la cerveza, la ilusión por la frustración? Hacerme mayor no me ha permitido hacerme menos preguntas, ni encontrar más respuestas. Hacerme mayor me ha permitido hacerme, simplemente, otras preguntas.
Me encamino a la entrada del médico, donde está Rosa vendiendo cupones de la ONCE.
  • Buenos días, Rosa. ¿Qué tal te está resultando la mañana?
  • Complicada, Miguel, complicada. La suerte no es algo que se venda fácil en estos tiempos.
Las paredes blancas y el suelo gris enfrían mi ánimo y mis ganas de afrontar la cita, si no fuera por la cantidad de caras conocidas que veo por aquí. A mi edad, los Centros de Salud son como un centro de reunión de los de generaciones que están por, como dice un vecino de aquí, ‘picar billete’. Es difícil llegar a la sala que nos toca, porque nos perdemos en saludar a conocidos, en preguntar por las familias, criticar la poca atención que nos dan los hijos, etcétera. En la sala de espera me encuentro a Paco, un viejo amigo de la infancia con el que me suelo ver a veces.
  • ¿Qué tal Paquito? No me digas que estás aquí de visita
  • Ojalá Miguelín. Es la diabetes que me tiene loco, no sé cuanta insulina pincharme, cómo hacerme el control, qué tengo que comprar, ni nada.
  • Pues sí que estás perdido macho. Pero bueno, tienes a la mujer para echarte una mano. Ellas siempre se enteran mejor de estas cosas. Tú más que nadie sabes que la Juani es mucha Juani…
  • Miguel, mi mujer murió el año pasado, ¿no te acuerdas?
En este momento me invade el desconcierto. Me salva el médico que sale por la puerta y recita mi nombre:
  • ¿Miguel Sánchez? – vocea el médico desde la puerta.
  • Sí, soy yo.
  • Pase.
Un poco paralizado por lo que acababa de suceder, intento dirigirme a mi amigo.
  • Oye, Paco, lo siento mucho, no sé qué me ha pasado. Espérame aquí, ahora salgo.
El médico me espera tras una mesa que nos separa de manera administrativa. Tras un breve “siéntese”, su expresión no se me parece a la de otros días. No tiene una sonrisa burocrática, o un cuidado cariñoso por mi edad. Su semblante serio me hace esperar que mi presente se tambalea algo más de lo que yo creía al entrar por la puerta principal. Sin más dilación comienza a articular palabra.
  • Bueno, Miguel, parece que tu prueba con el neurólogo no ha ido del todo bien. Tienes Alzheimer. Es algo complicado, por lo que te aconsejaría llamar a tus familiares o a alguien que de aquí en adelante pueda hacerse cargo de ti, o por lo menos ayudarte en lo máximo posible. Habrás notado que se te olvidan algunos detalles o que tienes dificultades para hacer un seguimiento normal de algunas cosas. Esto es precisamente por la enfermedad, que, aunque está en un estado primitivo, irá siendo acuciante con el tiempo…
Mis oídos se paralizaron en la palabra “Alzheimer”. Él seguía hablando mientras empezaba a agobiarme por el cambio de vida que esto suponía. Alzheimer. Una enfermedad que mella la memoria, que mella lo más preciado que tenemos los viejos. Arrincona mi soledad y la deja más envuelta en sí misma de lo que ya se encontraba. Llamar a los hijos y pedir que carguen con uno, cambiar su vida para quizás, el mañana más cercano no acordarme de ellos, o lo que es peor, no acordarme de mí.
Salgo del médico sin saber muy bien en qué he quedado con él ante la ansiedad que me produce esta situación. Hacía tanto tiempo que no sentía la llamada de la vida como ahora. Yo pensaba que los vuelcos emocionales, los problemas vitales, el estrés del día a día habían perecido tras la muerte de mi mujer. Ya no quedaba por quién sufrir, ni por quién vivir intensamente. Mi vitalidad había muerto con ella.
Mis pasos me dirigieron hasta el parque de las Calesas que hay al lado del Centro de salud. Me senté en uno de los bancos mientras mi cabeza no podía parar de darle vueltas al asunto. Mientras reflexiono sobre todo esto, un hombre de edad adulta con, probablemente, una deficiencia mental, pasea dando vueltas por el parque con una planta en las manos. La observa, la mira, le da la vuelta. Se sienta en un banco y sigue observándola. La inspecciona a fondo, como si fuera algo totalmente nuevo para él, maravillado ante la simpleza de una belleza que hemos olvidado cómo se ve. Me gustaría ver a través de sus ojos, con esa inocencia, esa curiosidad que la vida nos va quitando cuando nos raspa el alma. Esa curiosidad tan bella de las primeras veces en las que uno hace camino al andar, sin saber muy bien hacia dónde va. Esos momentos en los que el por qué no importa, un porqué que se va posando en nuestra memoria a fuerza de recordar, un porqué que toma sentido en la distancia del tiempo, cuando la añoranza nos hace entender que las mejores cosas que nos han pasado se reducen a anécdotas sin ningún gran objetivo, sin una gran empresa que emprender: una mirada de complicidad, una cara conocida cada mañana, una cerveza entre amigos, un error de juventud. Si pierdo la memoria, pierdo toda mi experiencia vital, pierdo todo mi ser. Una cruel enfermedad puede llevarse de un soplido mi nombre, mi hogar, mis hijos, mi rostro. Puedo despertarme siendo un desconocido de mí mismo, con más miedo aun a lo ajeno, irreconocible en el espejo y desorientado sin saber dónde buscar consuelo. Las melodías de antiguas canciones, las voces amigas, las palabras y todo cuanto me rodea en mis 67 años de vida puede ser reducido a las mismas cenizas que un día descansarán con las de mi mujer en la estantería de alguno de mis hijos.
Empiezo a pensar en cómo podrán hacer mis hijos para ayudarme. Seré un estorbo con el que cargar, un lastre al que atender, sin saber si quiera si por sus atenciones podría yo agradecérselo ante la ineptitud muy posible de mi memoria. No quiero ser una mirada perdida en una habitación, ni una molestia insulsa cercana a la muerte para ellos. Sin embargo, ¿cómo no contárselo? ¿cómo no decirles que pueden ser mis últimos momentos de lucidez?
Llevo un buen rato mirando al suelo, cuando me doy cuenta de que le he dicho a Paco que me esperara a la salida de la consulta y ni me había percatado de que le he dejado plantado. ¿La enfermedad empieza a afectarme o seré yo que estoy de los nervios? En fin, poco puedo hacer ya por Paco, al que avisaré de que a partir de ahora no tome en cuenta mis despistes, si es que me acuerdo de que debo decírselo cuando le vea. Levanto la cabeza para otear mi alrededor e inundarme de un poco de esperanza. Una madre pasea a su hijo en carrito mientras le habla, un grupo de jóvenes está jugando a las cartas en una de las mesas y unos pájaros revolotean alrededor de unas migas de pan. Unos pájaros que siempre envidié por su habilidad de estar por encima de todos nosotros, observando cualquier tipo de emoción en aquellos que nos posamos sobre el suelo. Es el momento de volver a casa y afrontar el futuro, teniendo claro que para mí ya sólo existe el presente más inmediato.
Subo las escaleras de mi casa con cierta apatía y dificultad gracias a mis achaques. Abro la puerta y me recibe mi perro Lucas, en el que la alegría de la llegada de alguien conocido nunca cesa. Lo acaricio y comienza a tranquilizarse hasta que acaba por tumbarse en el suelo, mientras sus ojos me siguen allá donde voy. Estoy inquieto y recorro el salón de aquí para allá. El único coherente de la sala es Lucas. Por fin me decido a llamar por teléfono a Vicente, mi hijo mayor.
  • Hola hijo, ¿qué tal andas? Te tengo que contar una cosa muy importante.
  • ¿Otra? – me responde él extrañado.
  • Tengo Alzheimer, hijo.
  • Papá, me has llamado hace veinte minutos para contármelo. Te he dicho que esta tarde vamos a verte.
  • ¿De verdad? No me acuerdo…Lo siento hijo, no sé qué me pasa, ni sé si me pasa desde hace mucho tiempo. No entiendo nada. No sé qué estoy haciendo exactamente.
  • No te preocupes papá, nos vemos esta tarde. Viene Carmen también y ya decidimos qué hacemos ¿vale? Un beso.
  • Un beso hijo, hasta luego.
Esta conversación me ha terminado de convencer de que no puedo estar solo. Ante el temor de hacer cosas de las que no me acuerde, prefiero sentarme y esperarles a ellos, aunque espero acordarme de estar esperando. Enciendo la tele, con la esperanza de encontrar algo lo suficientemente atrayente para olvidarme de mi propio olvido. Me siento en el sofá de mi casa, donde tantas otras tardes encendí el televisor, con la diferencia de que hoy me pierdo entre tantas posibilidades de elección, y en el fondo, tan poco contenido. Observo el mundo como vacío, y ante la vitalidad de los demás, ante su vivir del presente, me siento confuso. ¿Seré yo el que se hizo mayor, o el mundo es más viejo? Me da la sensación de que ya nada es tomado tan serio como antaño. Incluso parece que, aunque yo estime tanto mi memoria, muchos desearían arrancársela, o prefieren ignorarla y vivir a través de un presente que no existe. Un presente que no es más que un pasado que viene por detrás que colisiona con un proyecto vital lanzado al futuro. La juventud es dueña del tiempo, aunque se empeñe en atraparse a sí misma en él. Son igual que nosotros, los viejos, que sin pasado no somos nadie, porque nuestro futuro va muriendo según se nos acerca la muerte, según vamos viviendo de recuerdos y menos de metas. Ellos por lo menos, tienen camino, tienen vitalidad, tienen recuerdos por delante que aún no tienen.
Miro la foto de mi mujer posada sobre la mesilla que débilmente sustenta una lámpara. La miro a los ojos hasta que parece que su mirada revive y me mira a mí. Le pregunto desde mi mente si sabe qué va a ser de mí, pero su voz, como la de todos los que van falleciendo, se ha borrado de mi cabeza y sin ella, no me puede contestar ni en mi imaginación. Retiro la vista de su rostro, clavado en un papel, antes de que una lágrima me salte, y miro a mi perro Lucas, tumbado a mi lado, que ante mis ojos mueve el rabo con esa inocencia perenne en él y caduca en mí hace muchos años. Al fin suena el timbre. Son mis hijos. Es la hora de un último reto importante, que alguien me tendrá que recordar día a día. Hasta entonces, todo lo que es mío, irá cayendo, inevitablemente, en el olvido.

martes, 26 de mayo de 2015

MICHAEL WALZER Y EL COMUNITARISMO



SOBRE WALZER Y SU PROPUESTA  
   Abordaremos la propuesta política del liberal-comunitarista Michael Walzer, famoso teórico y filósofo político estadounidense.
   No olvidemos que la época de globalización ha revuelto las identidades y las ha sumido en una crisis. El multiculturalismo, las oleadas de inmigrantes, el auge del neoliberalismo, las dobles nacionalidades, las relaciones entre Estado y Nación han conformado un magma que ha envuelto al individuo en una utopía en su significado originario: un no-lugar.
   Para Walzer, el concepto de ciudadano y su implicación política es algo que hay que superar. Analiza muchas corrientes teóricas como la democracia radical, el marxismo, el capitalismo y el nacionalismo, dictaminando que ninguna es la correcta ya que ofrecen una visión sintética de la ciudadanía, de la organización social. Sin embargo, no se centrará en lo erróneo de otros planteamientos, sino en construir uno a través de uno de los aspectos que más afecta a las democracias liberales actuales: el apoliticismo.
   Según el norteamericano, somos seres sociales antes que políticos o económicos. Esto quiere decir que establecemos relaciones sociales mucho antes que relaciones o implicaciones o ambiciones políticas o económicas. En la naturaleza humana radicaría, siguiendo a Walzer, un apoliticismo natural, esencial. Por esta razón, Walzer quiere atender a lo que según él es lo intrínseco en el ser humano: esa sociabilidad primigenia que lo conforma en grupos como por ejemplo la familia. Así, nos dirá que su modelo se basará (y se titulará) en un “asociacionismo crítico”.
   Pero, ¿qué significa esto? Para Walzer, acercándose a posiciones neoconservadoras, los individuos se volcarían en asociaciones ciudadanas o del ámbito civil para combatir al Estado (y sus excesos, suponemos). El problema de su teoría es que para ello acudirá a usar recurrentemente a la Sociedad Civil (con mayúsucla) como un sujeto preorganizado naturalmente que se vierta sobre el Estado. Respetaría, según él mismo, las diferentes culturas e identidades, y el individuo pasaría de unas a otras instancias civiles en las que volcaría sus sentimientos de solidaridad. Bien, esto tiene un problema de fondo muy claro: la Sociedad Civil no es un Sujeto Trascendental, un sujeto colectivo, por lo que cae en el mismo error que las teorías neoliberales y socialistas: crear una metafísica del ser humano (“el ser humano es antes social que político”) que valide toda su disertación. No existe tal Sociedad Civil, y mucho menos como contrapeso de un Estado que tiene sus ramificaciones perfectamente organizadas e institucionalizadas. Además, este modelo que se basa en generalidades, ¿a qué respondería en situaciones concretas? ¿Cómo contrarrestaría esa Sociedad Civil a los poderes económicos y políticos que actúan de forma corrupta? No concreta un modo de acción o una verdadera identidad política a la que agarrarse. En mi opinión, la teoría de Walzer se diluye en su propio asociacionismo. Funcionaría, muy probablemente como ahora, como organizaciones donde uno puede hacer voluntariado, ayudar y aportar, siendo a la vez las que regulan las desigualdades, favoreciendo en primer lugar a quien las padecen, pero en segundo, a los políticos que no las atienden.
   Por otra parte, me gustaría introducir una reflexión de Fernando Quesada sobre la política y lo político. Y es que es tremendamente cierto que lo político, la organización en sociedad más básica, ha existido siempre inevitablemente. La política como tal, nació ante la necesidad en la Grecia clásica de resolver una serie de crisis y  una desestabilidad en el contexto del paso del mito al logos. Haciendo más énfasis en esto, la política nació como solución a problemas de diversa índole (guerras, desigualdades, problemas en los sistemas de categorías) buscando el equilibrio, buscando en la mayoría de ocasiones lo justo. Desde mi punto de vista, no se puede llamar política a entregar todo ámbito de sociedad a lo privado, ni a una propuesta que busca el desquite de los ciudadanos y su descontento en diferentes asociaciones solidarias. ¿Qué papel tiene esa Sociedad Civil postulada? ¿Qué función le otorga al Estado? ¿En qué queda el concepto de ciudadano? Estos son los interrogantes que habría que resolver por parte de Walzer, intentando una mayor concreción, alejándose de todo supuesto o metarrelato metafísico.
   Por último, ese apoliticismo no es una cuestión baladí, de causa aleatoria o naturalmente humana. Se trata de un apoliticismo que nace de dos sucesos: la corrupción y elitismo de la política y el fracaso de aquellos que han prometido trabajar para los ciudadanos siendo totalmente al revés. Podemos poner como ejemplo que, ciudadanos que se han sentido huérfanos de políticas, han acabado creando esas asociaciones que comenta Walzer, pero que no tienen un vacío político, sino que aspiran al cambio y trabajan por él, como hemos podido ver en España.